Y como sucede a veces, ha sido por casualidad. La fórmula fue:
Oigo de fondo la música de un anuncio en la tele + Salta la alarma en mi cerebro -me encanta- ¡vaya bolerazo! + Busco como loca en la red de quién se trata = ¡eureka lo encontré!
Ahora sólo hago preguntarme: ¿dónde estaba metido este personaje?, su biografía me lo aclara y a la vez lo hace más incomprensible.
Todo esto también me hace recordar la frase:
“Un camino de mil leguas empieza por un paso”
A Toni le ha costado muchos pasos, pero no ha desfallecido y ya ha llegado; gracias a eso no nos lo vamos a perder.
En la posada del fracaso, donde no hay consuelo ni ascensor, el desamparo y la humedad comparten colchón, y cuando por la calle, pasa la vida, como un huracán, el hombre del traje gris saca un sucio calendario del bolsillo y grita ¿quién me ha robado el mes de abril? ¿Cómo pudo sucederme a mí? ¿Pero quién me ha robado el mes de abril? Lo guardaba en el cajón donde guardo el corazón.
La chica de BUP casi todas las asignaturas suspendió el curso en que preñada aquel chaval la dejó y cuando en la pizarra pasa lista el profe de latín lágrimas de desamor ruedan por la página de un bloc y en él escribe ¿quién me ha robado el mes de abril? ¿Cómo pudo sucederme a mí? ¿Pero quién me ha robado el mes de abril? Lo guardaba en el cajón donde guardo el corazón.
El marido de mi madre que en el último tren se largó con una peluquera veinte años menor y cuando exiben esas risas de Instamatic en París, derrotada en el sillón, se marchita viendo Falcon Crest mi vieja y piensa ¿quién me ha robado el mes de abril? ¿Cómo pudo sucederme a mí? ¿Pero quién me ha robado el mes de abril? Lo guardaba en el cajón donde guardo el corazón.
Con voz sentida multicolor, por los distintos líquidos que vierte en su garganta. Con pálido maquillaje, recargado de polvos muy blancos en su nariz. Con anchos rabillos negros, que entristecen aún más si cabe, su glauca mirada. Con desmedido moño sesentero; a más deprimida, más grande. Con brazos tatuados, a falta de brazos que los abracen.
Así es ella, única.
Lleva todas las papeletas donde rifan “un traje de palo”, aunque yo deseo que no le toque, porque nos perderíamos un gran mito viviente. En cambio le deseo muchos desengaños amorosos. Lo siento Amy, pero contigo se demuestra que el desamor es la mejor de las materias primas en la factoría de la creación. Del blanco al negro, con todos sus grises por medio.
Hace tiempo que no hago una entrada sobre música, y ya era hora de poner remedio. He estado demasiado ocupada echando hilvanes y pespuntes en historias mías, y con los bordados musicales sólo me he dedicado a hacer la cafre en privado. De forma casi instintiva e inevitable, modificaba sus letras hasta el destrozo más insensible. Con ejemplos como:
“Si tú me dices ven, lo dejo todo”. Le dijo la mano al guante. “Gracias a la vida, que me ha dado tanto” Pero no me deja llevárlo a la próxima. “Devuélveme el rosario de mi madre…”… y todo lo demás también. Te vayas a creer que soy tan tonto como el de la canción.
Hoy me quiero reconciliar con la amada música, y para ello he elegido un amor de músico. Él fue uno de tantos artistas que no fue profeta en su tierra, aunque la música caribeña no haya dado otro como él. Pero no lo he elegido por esto sólo, sino más bien porque cuando lo escucho es como si lo viera también coser en el aire. Sus dedos al piano son agujas que se van clavando a cada golpe de tecla, y sus precisas palabras te van cosiendo, una tras otra, puntada a puntada; atrapándote hasta el final. Es como si asistieras al nacimiento de una canción, creación en su estado más puro.
Bola de Nieve, "No puedo ser feliz".
Quiero dedicar la entrada y sobre todo esta canción a Juan Duque, con el mayor de los afectos.
En el año 2003 tuvimos una gran suerte, se encontraron dos grandes artistas: El Cigala y Bebo Valdés. La voz flamenca y desgarrada del cantaor se fundió a la perfección con el pianista de jazz cubano exiliado en Suecia, y de esa unión salió a la luz el maravilloso disco “Lágrimas negras”.
Desde entonces no han parado de cosechar éxitos, claudicando toda clase de puristas de ambos estilos. En sus proyectos está sacar un nuevo disco, el mismo que esperamos todos los que hemos desgastado el anterior de tanto escucharlo. Y también esperamos que los 89 años de Bebo den para eso y para mucho más.
Las fusiones producen dos cosas que considero muy interesantes: riqueza y originalidad; y las dos hay que premiarlas siempre en un mundo tan mediocre.
En un mundo donde ya no existen distancias ni fronteras, donde hablar de razas empieza a sonar caduco porque caminamos hacia el mestizaje, hacia lo intercultural. Cuando además las diferentes lenguas no son un obstáculo, porque tenemos otros lenguajes como la música con la que entendernos a la perfección. No deberíamos extrañarnos si fusiones como esta nos remueve por dentro.
Para mí ha sido todo un descubrimiento este “nuevo color del flamenco”, como lo llama su autor: Pitingo. Entiendo poco de flamenco, y menos aún de soul, pero cuando algo me llega alto y claro no necesito muchas explicaciones; hablan los sentidos.
Roberto Carlos Braga, conocido en el mundo de la canción como Roberto Carlos, también llamado el Elvis Presly de Brasil. Alcanzó sus mayores éxitos en la década de los 70, y sería comprometido nombrar aquí toda su discografía ya que supera las 250 canciones, con casi 100 millones de discos vendidos; en América latina más que los mismísimos Beatles.
En una vida tan larga y prolífica se podrían contar innumerables sucesos, desde superar la pérdida de una de sus piernas cuando era pequeño, hasta tener que batallar durante décadas con problemas de derechos de autor. Pero afortunadamente hay mucho bueno que contar, y con todo merecimiento.
Sus canciones han tratado todos los temas: amor, desamor, ecología, amigos, guerras… Aquí recojo tres de mis favoritas, las mismas que hacía sonar en mis cintas de cassete siendo una adolescente.
Podemos disfrutar escuchando el magnífico álbum del grupo mejicano Maná. Ellos consideran que en el amor hay mucho de combate. ¿Hay que luchar por aquello que se ama?, ¿Hay que pelear con uno mismo cuando no se puede tener aquello que se ama?... Maná tiene mucha razón porque como en la guerra, en el amor encontramos desolación, pérdidas, fracasos, derrotas y a veces hasta conquistas y victorias. De todas formas, yo prefiero quedarme con el lema hippy de los años sesenta: “Haz el amor y no la guerra”.