Y es por ello nada criticable, que la Feria de Abril de Sevilla, por muy universal que sea, no se escape de ese “ombliguismo”.
En cambio aquí se demuestra aquello de: “más vale caer en gracia, que ser agraciado o gracioso”, porque eso mismo le pasó a
Pepe el escocés.

Cuando estamos en puertas de volver a cambiar la ubicación del recinto ferial, a otro más grande y lejano, Pepe el escocés se queda en los anales de la Feria, allá en el Prado de San Sebastián.
Hay que ponerse en situación: décadas 40-50-60, ¿quién había viajado al extranjero?, ¿quién sabía hablar inglés?, ¿a quién le gustaba ese güisqui que sabía chinches? Sin embargo Pepe el escocés acudía religiosamente cada año, durante más de treinta, a su cita con la Feria de Abril en Sevilla. Era algo así como el slogan versionado de: “Ya es primavera en el Corte Inglés”.
Se saben pocas cosas de aquél hombre tan alto, perfectamente vestido a la escocesa; ni tan siquiera su verdadero nombre. Debía ser tan complicado de pronunciar y recordar, que se tomó por la vía rápida y práctica de llamarlo Pepe. Remedio muy normal por esta tierra de coñas.
He leído y me han contado de todo sobre este personaje tan peculiar: que no era escocés, sino irlandés; que era un auténtico aristócrata inglés (Lord Ballantines o Sir Juanito el Caminante ¿qué más da?); que era el tío más malage del mundo; hasta que era gay.
Para explicar este tema de la homosexualidad pienso que también hay que ponerse en la lógica de la época: un hombre sin sentido del ridículo, que vestía falda, y que no “le entraba” a las mujeres por muchas copas que llevara encima… no podía ser un hombre muy educado; sino que tenía que ser gay a la fuerza.

Lo cierto y verdad es que enseñaba las rodillas, aunque jamás enseñó la cartera, rifándoselo por todas las casetas para invitarlo, en el fallido intento de tumbar a esa gran esponja a cuadros.
Pero él nunca perdió la compostura, y todo lo más se acostó a dormir alguna “papa” en las literas que la caseta “Er 77” tenía en la parte trasera. Una caseta con toda la guasa, donde el vino se sacaba por cubos del “Pozo del Mollate”.
O será que la nobleza llama a la nobleza, ya que allí siempre estaban el "Marqués de las Cabriolas" y el "Conde de las Natillas".

Así hasta que Pepe se fue un año como vino, sin saber cómo ni cuando, para no volver nunca más, pasando a formar parte de una historia cada vez más lejana.