Mariquilla Terremoto -también conocida como Rabillo de Lagartija- gozaba de una muy buena memoria. Para ella recordar cosas, e incluso detalles del pasado más lejano, no le costaba ningún esfuerzo.
Aunque esta cualidad podía ser envidiable para muchos, ella la había maldecido miles de veces. ¿Para qué recordar aquello que tanto le desagradaba, el nombre de esa persona cargada de malas intenciones, o repasar los rincones por los que tanto lloró sin consuelo?, ¿Dónde venderían la mágica goma de borrar? Esa que elimina los borrones y garabatos sin sentido; churretes negros que tiznan el cuaderno de la vida.
Por eso disfrutaba tanto con lo que ella llamaba: “Juegos malabares del recuerdo”; porque también la memoria solía ponerse juguetona, y le lanzaba pistas y más pistas incitándola a adivinar. Esto ocurría en momentos puntuales; como alguna mañana, al despertar de un descanso muy profundo, sin saber muy bien dónde estaba ni el día que era.
Pero lo mejor era cuando se iba de viaje, y al alejarse de casa sufría sorprendentes brotes amnésicos de la más inmediata rutina diaria. ¡Qué gustazo olvidar horarios!, enturbiarse caras, mezclar en un coctel embriagador lo que ya has hecho y lo que tienes que hacer a la vuelta. Y tampoco esforzarse demasiado en recordar, porque sabía que eran sólo juegos inocentes y placenteros de esas mazas de colores lanzadas al aire por su amiga la memoria.
Un día, en uno de esos viajes, hasta ella misma alucinó, cuando dibujaba al aire libre y su lápiz esbozó dos torres en una. Luego lo titularía:

Salgo de viaje, y me acordaré de todo esto, pero también intentaré poner en práctica las reglas de ese juego tan sano de Mariquilla; eso sí, no me llevo mi cuaderno de bocetos, que me ha dado un poco de "yuyu" lo que le pasó a ella en París.

Aunque esta cualidad podía ser envidiable para muchos, ella la había maldecido miles de veces. ¿Para qué recordar aquello que tanto le desagradaba, el nombre de esa persona cargada de malas intenciones, o repasar los rincones por los que tanto lloró sin consuelo?, ¿Dónde venderían la mágica goma de borrar? Esa que elimina los borrones y garabatos sin sentido; churretes negros que tiznan el cuaderno de la vida.
Por eso disfrutaba tanto con lo que ella llamaba: “Juegos malabares del recuerdo”; porque también la memoria solía ponerse juguetona, y le lanzaba pistas y más pistas incitándola a adivinar. Esto ocurría en momentos puntuales; como alguna mañana, al despertar de un descanso muy profundo, sin saber muy bien dónde estaba ni el día que era.
Pero lo mejor era cuando se iba de viaje, y al alejarse de casa sufría sorprendentes brotes amnésicos de la más inmediata rutina diaria. ¡Qué gustazo olvidar horarios!, enturbiarse caras, mezclar en un coctel embriagador lo que ya has hecho y lo que tienes que hacer a la vuelta. Y tampoco esforzarse demasiado en recordar, porque sabía que eran sólo juegos inocentes y placenteros de esas mazas de colores lanzadas al aire por su amiga la memoria.
Un día, en uno de esos viajes, hasta ella misma alucinó, cuando dibujaba al aire libre y su lápiz esbozó dos torres en una. Luego lo titularía:
“Vacaciones perfectas”

Salgo de viaje, y me acordaré de todo esto, pero también intentaré poner en práctica las reglas de ese juego tan sano de Mariquilla; eso sí, no me llevo mi cuaderno de bocetos, que me ha dado un poco de "yuyu" lo que le pasó a ella en París.
