martes, 11 de marzo de 2008

Todo un personaje: El Cine Olimpia.

Esta vez tendría que modificar la etiqueta para poner “Toda una institución”, pero aquel cine estaba también repleto de “personajes”, así que me vale.

Tuve la enorme suerte de nacer y criarme justo en frente de un cine allá por los años sesenta; el Cine Olimpia. Era un cine de los de antes, con una única sala sin columnas y cuatro enormes puertas que se extendían a lo largo de la acera, cogiendo gran parte de la calle. Majestuosas escaleras accedían a la sala de espera, con una gran barra de ambigú donde tomar las primeras Pepsis y Mirindas. Por supuesto no se permitía meter los refrescos o chucherías en la sala, si te pillaba el uniformado acomodador con su linternita, te ponía de patitas en la calle. Los asientos eran en un principio de madera, pero luego los pusieron de un elegante terciopelo rojo, traídos de un antiguo teatro del centro de la ciudad.

El acto de ir al cine era la principal diversión de los domingos, de tal modo que la calle se convertía, desde las primeras horas de la tarde, en toda una feria de gentes. Los primeros en llegar eran los kioscos ambulantes; de todo tipo: desde el que vendía coco y chufas remojadas con chorritos de agua… hasta el del precioso koli blanco con bolitas de colores, en cucuruchos de barquillo metidos todos en una madera agujereada… eso pasando por aquella señora de gran volumen, que vendía higos chumbos pelados a golpe del pregón “¡Qué gordo tengo el higo!”.

La primera marea humana en aparecer por ambas esquinas de la calle era la infantil. Dejaban las puertas del cine abiertas durante ese pase, lo que permitía oír desde fuera los plausos y vítores del momento en que llegaba el Séptimo de Caballería, para salvar a los acorralados colonos rodeados de indios. Mas tarde sería el pase para mayores de 21 años, con la consiguiente enseñada de carné al portero si había alguna duda.

Hay cosas que se quedan grabadas en la memoria, y muchas veces no sabes el por qué esas y no otras. Como el olor del ambientador que el acomodador espurreaba a cada rato, el sabor del paloduz, o la frase de mi madre cuando terminaba la película y estábamos bajando aquellas majestuosas escaleras hacia la calle: “Niña, no abras la boca ahora, que te puedes resfriar”. Y eso que vivíamos justo en frente.

4 comentarios:

e dijo...

yo lo conoci al final,ya muy estropeadito.

angie dijo...

!Me cachis en la mar!
!Que maravilloso era ese cine!
Disfrutabamos como chinos de él,no sólo por dentro ya que en él se porjó nuestra humilde culturilla cinéfila.Gracias a que lo teníamos en frente,o sea muy a mano, en aquel entonces habia poco que rascar en cuanto a centros de diversión y ocio y !que mejor que los grandes estrenos del cine de la época!,cine del bueno.
Tambien por fuera,a mí se me antoja que viviamos en el Manhatan de esa parte de la ciudad.Era el centro social allende del matadero,barrera invisible que dividía la Sevilla más céntrica de la otra Sevilla,la de barrio,obrero y con solera desde los primeros años de la posguerra en que se hacía vida de pueblo y aún hoy sigue conservando ese aroma,ese ambiente,todos se conocen,cualquiera te habla,te comenta, como si de una gran familia se tratara.
Siempre había ambiente en mi calle que como en una gran explosión se sentía los domingos con la llegada de cientos de personas desde la primera hora de la tarde con los niños hasta las 12 que cerraba la útima sesión,!y cuidadito con la garganta,no vayas a coger frío!.
Conocíamos a todos sus empleados que eran fijos desde hacía años,no como ahora con los contratos temporales,desde el que ponía los carteles por las calles hasta la taquillera,el portero,el cámara,el dueño...todos eran de mi barrio.
En verano cerraba,no existía el aire acondicionado !y todos los niños pasábamos largas horas jugando en sus escalones!a juegos de verdad ,de los infantiles.
Pero sobre todo recuerdo largos ratos mirando desde mi ventana como iban entrando la gente a cuenta gotas en los días entre semana y si llovía mejor,como si de una "ventana indiscreta" se tratara desde los ojos de una niña.
"Los diez mandamientos"
"Ben Hur"
"La gata sobre el tejado de zinc"
"Del rosa al amarilo"
"Revelde sin causa"
Y un largo etcétera que gracias al TCM las vuelvo a vivir.
ENHORABUENA por este recuerdo,Ratón Tintero.

El Ratón Tintero dijo...

Tengo un post en el horno titulado: "Las perlitas de mi barrio".
Sin dudas es un barrio con una idiosincrasia muy especial. No me hubiera gustado nacer en otro sitio, y de hecho, aquí sigo.

(!) hombre perplejo dijo...

Me rechiflan estas historias de cines de barrio. Lo que lamento es no poder compartir con mis hijos aquellos momentos maravillosos que viví con mis padres... Cada vez que echan uno abajo para construir parkings algo muere en mi interior...